Mi primer día en Manila
Diario de viaje

Mi primer día en Manila

Después de un vuelo larguísimo, Manila no fue el recibimiento suave que esperaba. Fue mejor: caótico, ruidoso y honesto desde el primer minuto.

Después de casi veinte horas de vuelo con escala, llegamos a Manila con esa mezcla de cansancio y ganas que solo se tiene el primer día de un viaje largo, cuando el cuerpo va con retraso pero la cabeza ya está ahí. No esperaba un recibimiento suave, y no lo tuve: calor húmedo nada más salir de la terminal, tráfico que no se parece a nada que hubiera visto antes en mi vida, y ese ruido de fondo constante que tardaría días en dejar de notar del todo.

Skyline de Makati, Manila
Makati, la zona moderna donde nos alojamos las dos primeras noches.

Nos quedamos en Makati, la zona moderna de la ciudad, con la idea de no forzar nada el primer día, sabiendo que veníamos con el jet lag a cuestas. Y fue la decisión correcta. Dejamos las maletas, salimos a caminar sin rumbo fijo, y dejamos que la ciudad nos golpeara a su propio ritmo en lugar de intentar verla entera en unas horas.

Filipinas no iba a ser un viaje que se explicara con adjetivos bonitos. Iba a ser un viaje que había que sentir día a día, sin atajos.

Lo que más recuerdo de ese primer paseo es el contraste: centros comerciales enormes y modernos a una manzana de puestos callejeros, gente extremadamente amable a pesar del caos general, y esa sensación de estar en un sitio genuinamente distinto a cualquier otro viaje anterior que hubiera hecho.

Cenamos algo sencillo cerca del hotel, sin ambición ninguna esa primera noche — el cuerpo todavía no estaba listo para mucho más. Pero ya con esa primera caminata quedó claro el tono que iba a tener el resto del viaje.

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